Entre los motivos que han dado lugar
a este libro se encuentra destacado, al menos como ocasión
en el tiempo, los ochenta años cumplidos por un dramaturgo
no sólo de relieve entre nuestras letras sino también
destacado como figura comprometida en unos momentos cruciales en la
búsqueda de sentido de nuestro pueblo y, en consecuencia, para
el enfoque apropiado de la cultura española. Antonio Buero
Vallejo ha cumplido ochenta años el pasado 29 de septiembre
de 1996, lo que dio lugar a que la Universidad Complutense de Madrid
organizase unas Jornadas sobre Teatro y Filosofía en tomo a
su dramaturgia.
Puede hablarse de homenaje porque, en
efecto, en una Universidad como la Complutense y dentro de ella en
las Facultades de Filosofía y de Filología, se vive
con la mayor intensidad el problema de¡ pensamiento y de toda
creación en la que el ser humano sea protagonista. Reconocer
dentro de estos presupuestos los aportes tan relevantes de Buero resulta
obligado en conciencia y también como natural satisfacción
por parte de todos los que nos hemos beneficiado del esfuerzo creador
de este dramaturgo que siempre ronda la dimensión filosófica
en sus obras. Pero el valor de homenaje ha sido sólo la ocasión
oportuna para llevar a cabo un estudio sobre una vida y una obra que
nunca se han caracterizado por la ambigüedad.
Una vida y una obra que han discurrido
por cauces paralelos, manteniendo un diálogo constante con
los acontecimientos históricos y con las transformaciones culturales.
Una vida y una obra que nunca han sido cómodas, ni para el
propio ser humano Antonio Buero Vallejo, personaje casi siempre inquietante,
las más de las veces crítico y en no pocos momentos
molesto como sujeto de una biografía comprometida, ni para
el escritor y dramaturgo, testigo de su tiempo, irreductible a las
modas culturales, a los vaivenes políticos y a los vigentes
«tráficos» en la sociedad española.
No se nos ocurre una manera más
directa y eficaz de expresar ese talante de compromiso profundo con
el ser humano y con la historia, esa vocación de conciencia
lúcida sin concesiones que es el perfil que suele distinguir
al creador, que recordar aquí la oportunidad, y a la vez la
inoportunidad, de una de sus obras: La detonación.
Una obra que en terminología nietzscheana podríamos
llamar «intempestiva».
La detonación se estrena
el 20 de septiembre de 1977. Comienza entonces en España el
alborear de una nueva época. Una incipiente transición
política se mostraba todavía incierta entonces, aunque
ahora, en la distancia, se nos pueda antojar como indudable.
En su pieza dramática Buero elige
a un escritor también incómodo para su tiempo: Mariano
José de Larra, y procura sugerir a la naciente democracia española
la cautela como método de comportamiento, la necesidad de no
reproducir los viejos errores de los antiguos oponentes políticos.
La lucidez de la mirada bueriana no evita que alguna crítica
tildase la obra de «excesivamente didáctica». Nos
preguntamos ahora si acaso no resultó «excesivamente
poco didáctica», e incluso si no fue la crítica
a su valor didáctico lo que impidió una mayor y más
certera eficacia social de sus propuestas; porque el curso de los
acontecimientos sociopolíticos le dio en gran medida la razón.
Y es que la labor del hecho artístico
que llamamos teatro ha sido siempre poner un espejo ante el rostro
sobresaltado de la época en la que acontece y proponer a los
espectadores primero la contemplación y luego la toma de conciencia
de las visiones más o menos deformadas que el espejo les muestra.
De una época sin teatro poco o ningún pensamiento se
puede esperar, poca o ninguna filosofía.
La celebración durante el año
1996 del ochenta aniversario del nacimiento de Antonio Buero Vallejo
fue, desde luego, un motivo, pero sobre todo debemos aprovecharlo
como un pretexto para que este libro no se limite a ser un mero homenaje
circunstancial. Su propósito es más ambicioso ya que
aspira a lograr que se convierta en el incio de un interés
permanente por el estudio de su teatro desde la filosofía.
Nos compete, pues, a las Facultades
de Filología y de Filosofía fomentar la inquietud por
un teatro cuyas características lo sitúan a modo de
bisagra entre la literatura y el pensamiento. El fondo que alienta
en sus piezas dramáticas evoca líneas de continuidad
de nuestra más eminente cultura: una de las intenciones o impulsos
más radicales de Buero está, en consonancia con Antonio
Machado, en superar esa ancestral concepción de «las
dos Españas». Ortega y Unamuno diríamos que se
respiran en sus páginas; Cervantes inspira directamente los
texos de su libreto para ópera Mito; el influjo marxista subyace
en su ideología; la estética schopenhaueriana también.
Todos estos síntomas, y muchos más, están esperando
su tratamiento desde la filosofía. Algunos estudios pioneros
ya han abierto camino y muchos, estamos seguros, les seguirán
para que, a partir de los posibles análisis de sus obras trágicas,
la cultura española pueda ofrecer valiosas aportaciones a la
cultura universal.