A partir de varios impulsos nacionales
e internacionales y apoyada desde el principio, -con un entusiasmo del
que es de justicia dejar aquí constancia- por la Facultad de
Filosofía de la Universidad Complutense, se constituyó
en el año 1989 la «Sociedad Española Leibniz»,
siguiendo el modelo y apostando por los mismos fines de la docena de
instituciones análogas ya existentes en Europa y América.
Ese modelo, esos fines pueden definirse con pocas palabras: crear una
célula de investigación y difusión de ideas, referida
al período del barroco y abierta a cuantos estudiosos quieran
formar parte de ella, sin otras miras que las de apoyar y favorecer
el intercambio de sus trabajos y aportaciones científicas. Desde
entonces, la Sociedad ha promovido seminarios y encuentros de todo tipo,
ha remitido información sobre diversos acontecimientos de interés,
ha fomentado la creación de una biblioteca especializada en el
área de su competencia y, sobre todo, ha hecho posible múltiples
contactos que han ayudado a dar a conocer la investigación española
sobre esta temática en foros muy diversos del mundo intelectual.
Aunque breve, la historia de la Sociedad,
en estos últimos cuatro años, ha sido intensa y está
cargada de actividades que hoy pueden ya presentarse en el haber de
un trabajo siempre en curso de renovación. Pero en aquel año
de 1989 todo era apuesta e incertidumbre. Por eso resultó tan
sorprendente que, a la libre convocatoria del Congreso en que aquélla
debía constituirse -una convocatoria, merece la pena decirlo,
que no estuvo condicionada por ninguna invitación o indicación
formal específicas y que, además, se hizo con muy escasos
medios- acudieran espontáneamente una cantidad de investigadores
y estudiosos de todo el mundo, que, por su cantidad y cualidad, desbordaron
todas las previsiones y que representaban y siguen representando, al
menos en parte, lo más granado de la investigación sobre
Leibniz. Tal respaldo fue, desde luego, importante para la promoción
de futuro de la Sociedad. Pero fue, más que eso, un indicativo
de la vitalidad que Leibniz y el pensamiento del barroco conservan,
en unos tiempos en que la crítica de la Ilustración, en
su sentido paradigmático más cerrado, promueve tal vez
un regreso a la pluralidad de sus fuentes y de las posibilidades no
efectuadas en ellas.
Por lo demás, el tema del Congreso
formulaba uno de los problemas más apasionantes que aúnan
el pensamiento de Leibniz a la filosofía en general del barroco,
y ambas a los intereses teóricos y prácticos de la contemporaneidad.
Vale la pena citar el juicio de Ortega y Gasset, para quien «es
Leibniz, de todos los filósofos pasados, aquel de quien resultan
hoy vigentes mayor número de tesis». Este juicio no nace
sólo (aunque también) de una ponderación del genio
del filósofo de Leipzig. Nace, sobre todo, de la conciencia de
que una cierta manera de hacer filosofía, y más aún
de hacer ciencia, estaba llegando, en la época en que Ortega
redactaba su Idea de principio en Leibniz, a un final histórico,
marcado agudamente por un cambio de epocalidad cultural y vital. Ortega
percibe que la época moderna se divide en dos etapas, cuya cesura
la determina el triunfo del sistema de Newton y, con él, la determinación
del saber en conquistar el mundo, entendida tal conquista como dominación
de las «realidades sensibles». En la segunda de estas dos
etapas, la filosofía se fija, pues, en la física. En la
primera, no constituida aún suficientemente la mecánica,
la filosofía se orienta aún a la matemática en
su sentido estrictamente teorético. «Leibniz es -concluye
Ortega- la gran forma, última cronológicamente y extrema
doctrinalmente de esta orientación».
Este punto de vista, en su doble dimensión
de actitud frente a las cosas y de orientación del pensamiento,
es el que aparece confirmado en el tema de este libro. La «expresión»
es un concepto explicativo que permite una explicación del conocimiento,
de lo real conocido y de la relación entre ambos, en unos términos
cuya imagen última es la de un diseño geométrico.
Pero es un diseño éste, que coloca cada cosa en su sitio.
Al conocimiento, como un haz de ficciones que atrapan, sin dañarlas
ontológicamente, a las cosas. A lo real, como un conjunto de
entidades expresables, abiertas a interpretaciones múltiples,
pero siempre convertibles. Y a la relación entre el conocimiento
y lo real, como un juego de espejos que involucra todas las perspectivas
teóricas sin posibilidad alguna de dominación. Seguramente
es esto lo que hace tan actual el pensamiento de Leibniz: el que en
él la «teoría» constituye un valladar para
la dominación; o, dicho de otro modo, el que en él los
derechos ontológicos de la realidad se expresan bajo la forma
pura de la «contemplación teórica en una forma que
aún no deja espacio para la sustitución de la racionalidad
en sí por las razones (diversas e interesadas) del hombre. Un
punto de vista éste que las diversas críticas a la razón
instrumental, a la tecnificación planetaria o al humanismo metafísico
no pueden dejar de atender.
Por lo demás, el libro que presentamos
ha querido respetar el internacionalismo del Congreso, cuyos textos
recoge, dejando éstos en sus idiomas originales. Unicamente se
ha hecho una excepción con el que figura como Apéndice,
que fue, quizás, el último escrito salido de la pluma
de Albert Heinekamp. Su dedicación y apoyo a la «parte
española» de la investigación leibniziana, como
él gustaba de calificar a la Sociedad Leibniz, le llevó
a escribir un ensayo sobre las relaciones, tan difíciles como
apenas estudiadas, del pensador alemán con nuestro país.
Es un ensayo admirable, cuya reproducción en este libro, en versión
bilingüe, pretende ser el cálido homenaje que exige la gratitud.
LOS COMPILADORES